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Voluntad y esfuerzo

11 agosto, 2011

Más allá del optimismo pertinaz de la pedagogía moderna, los profesores de escuela suelen definirse como los que están “en la trinchera”. Mientras en los despachos se diseñan telarañas de competencias, se compele a la equidad y brotan fórmulas mágicas como la de “aprender a aprender” (preocupándose mucho por el cómo se enseña y poco por el qué), en las aulas la realidad es muy otra. El erial educativo español, fruto de la LOGSE de Rubalcaba, demanda con urgencia no sólo un diagnóstico de la calamidad; también soluciones.

El descrédito de la autoridad se ceba especialmente con la escuela. Es hora de repensar y revitalizar la autoridad. Frente al igualitarismo que confunde a ésta con el autoritarismo, H. G. Gadamer recuerda que “la autoridad de las personas no tiene su fundamento último en un acto de sumisión y de abdicación de la razón, sino en un acto de reconocimiento y de conocimiento: se reconoce que el otro está por encima de uno en juicio y perspectiva”. Urge reforzar la figura del profesor como “autoridad pública” (blindándolo legalmente); urge explicar a los padres que su hijo no siempre tiene razón y que, de hecho, no se encuentra en plano de igualdad respecto al profesor.

Si “mayo del 68” derrocó el prestigio de la autoridad (ya mermado por la Reforma y la Ilustración), el relativismo posmoderno también realiza su propia labor de zapa. Pues, como apunta F. Savater, “no hay educación si no hay verdad que transmitir, si todo es más o menos verdad, si cada cual tiene su verdad igualmente respetable y no se puede decidir racionalmente entre tanta diversidad. No puede enseñarse nada si ni siquiera el maestro cree en la verdad de lo que enseña y en que verdaderamente importa saberla”. La educación no se mueve en la marisma de las opiniones (doxa), sino en el terreno firme del saber (episteme). Y no puede haber conocimiento ninguno si no se reconoce la objetividad del saber: la importancia de los contenidos.

Y, con la negación de la autoridad, va parejo el rechazo de la tradición (como atestigua la marginación del latín y el griego). G. K. Chesterton la define como la “democracia proyectada en el tiempo”, dar voz y voto a la clase social más oscura: la de nuestros antepasados. Es la transmisión, la entrega –eso significa traditio– de la sabiduría milenaria que nos separa de la barbarie. La savia siempre nueva que posibilita la alegría de la belleza, el entusiasmo del saber, los placeres del espíritu. Frente a la banalidad de la televisión o la BlackBerry, el mundo de los clásicos (Homero, Agustín de Hipona, Miguel Ángel, Mozart, Proust…) abre a los jóvenes horizontes de excelencia.

La educación nunca es neutral: proyecta una visión de la persona. Ante el babel de propuestas, ante la tentación de parapetarse en un escepticismo baldío, es preciso apostar por una educación en virtudes. Una educación que abandere la libertad y los derechos, pero insista también en la responsabilidad y los deberes que los acompañan. Que, frente al jugueteo individualista, reivindique el servicio a los demás, la voluntad, el esfuerzo. El niño es una promesa que se puede cumplir o malograr. Y es tarea principal de la familia, pero también del educador, encauzarlo: formar su criterio para que, asumiendo su libertad con responsabilidad, alcance la realización humana.

[Artículo publicado en La Vanguardia (11/08/2011)].

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2 comentarios
  1. Avelina Guillemett Fusac permalink

    Es un artículo profundo y sintético, de lo que ha supuesto, supone y supondrán los fallos del sistema educativo en el mundo occidental.

    La concepción, a veces, peyorativa del maestro……cuando es el primer colaborador de la formación de hombres y mujeres del mañana.

    Mas importante que los catedráticos universitarios, sin merma de la valoración que hagamos de éstos últimos que es alta.

    Insisto es un muy buen artículo.
    Avelina

  2. Gracias, Avelina. La verdad es que, en la formación humana de las personas (virtudes…), tienen mucha más importancia los maestros que los profesores universitarios. Y, en lo que toca a las ideas, los primeros tienen también mucha más influencia que los segundos. Cuando un joven llega a la universidad es muy difícil que cambie su concepción del mundo. Ésta se forma (por influencia de los demás y elección propia) en la infancia y adolescencia. O sea, que la labor de los maestros es importantísima, irremplazable, y el artículo va en la línea de reforzar su labor, no de subestimarla. En fin, que creo que estamos de acuerdo.

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