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Si el hombre pudiera decir lo que ama…

venus velazquez

Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo,
dejando sólo la verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia mezquina
por quien el día y la noche son para mí lo que quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero.

Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido.

(Luis Cernuda, 1931).

El nacionalismo

nuremberg nazismo

El nacionalismo, la exaltación de la propia nación a partir del rechazo de las naciones o pueblos vecinos, es una grave enfermedad intelectual. Fue teorizado en el siglo XIX, originó las dos guerras mundiales y sigue sembrando discordia e incomprensión por todo el mundo.

El nacionalismo se cura viajando, conversando con personas de todas las geografías y orígenes sociales. Y descubriendo que no se puede valorar a una persona por su pasaporte, sino por su virtud y su talento.

El machismo

machismo

El machismo no solo ha impuesto una imagen falsa de la mujer, sino también del hombre. Un ideal desquiciado, basado en la dominación del macho alfa, la fuerza bruta del macho cabrío, la hiperactividad sexual, la violencia, la exaltación de la competitividad, la insensibilidad y, en general, la amputación de las emociones.

Hay que reivindicar una imagen integral del hombre, que no solo incluya el vigor corporal (que es positivo) sino también, y sobre todo, la inteligencia emocional, la sensibilidad artística y espiritual, la cortesía en el trato, el brillo intelectual, la ternura y el amor.

La curiosidad

selfie astronauta

“La curiosidad no es, a menudo, sino vanidad; uno no quiere saber sino para contarlo; de otra manera, uno no viajaría por el mar para no decir nada y por el solo placer de ver, sin esperanza de contarlo” (Pascal).

¿Qué es facebook sino el infinito deseo que tenemos las personas de narrar, de comunicar nuestras experiencias? Quien no haya realizado alguna actividad o estado en algún lugar sino para contarlo, que arroje la primera piedra…

Elogio de la amistad

amistad

Acaso ninguna de las páginas de Montaigne sea tan bella como la que dedica a su amigo Étienne de la Boétie. “Nuestros espíritus –confiesa– se compenetraron uno en otro; nada nos reservamos que nos fuera peculiar, ni que fuese suyo o mío”. Ese lazo de voluntades, esa vibración al unísono de las almas, se vieron truncadas por la muerte repentina del joven Étienne, a causa de la peste. Pero pervivirían en Montaigne, más allá de la muerte de su amigo: “Si comparo todo el resto de mi vida […] con los cuatro años que me fue concedido gozar de la dulce compañía y del trato de este personaje, no es más que humo, no es sino una noche oscura y enojosa. […] No hay acción ni imaginación en que no le eche en falta, como también él me habría echado en falta a mí. En efecto, de la misma manera que me superaba infinitamente en toda otra capacidad y virtud, lo hacía también en el deber de la amistad”.

Las palabras del escritor francés entroncan con el pensamiento de Aristóteles, quien definía la amistad como “una virtud o algo acompañado de virtud”, y como “lo más necesario para la vida. Sin amigos nadie querría vivir, aunque tuviera todos los otros bienes”. Para los dos autores, sin amistad la vida se vuelve desvaída y mortecina. Y, también para ambos, la amistad no es sólo una realidad que acontece, sino que es ante todo una virtud, una tarea y una responsabilidad. La responsabilidad de amarse y respetarse primero a uno mismo; de hallar la partitura de la sabiduría e interpretarla con el violín de nuestras virtudes, de nuestros dones y talentos. Y de acompasar esa melodía personal con otros instrumentos afines –con otras personas–, logrando así la armonía coral de voluntades.

¿Qué diferencia entonces al amor de amistad del amor erótico o de pareja? C. S. Lewis responde con perspicacia: “Los amantes están siempre hablando entre ellos de su amor; los amigos, casi nunca sobre su amistad. Los amantes están normalmente cara a cara, absorbidos uno en el otro; los amigos, uno al lado del otro, absorbidos en su interés común”. Los amigos miran en la misma dirección: en la de aquél interés, tarea, afición, actividad o enfoque que comparten. Amigo es aquél que, a diferencia de tantos otros, se asemeja a nosotros en algún quehacer, en alguna manera de sentir o contemplar el mundo. Por eso es necesario, ante todo, acrecentar nuestra espesura interior; vigorizar nuestras virtudes y ensanchar nuestro mundo; porque –como apunta el escritor inglés– “quienes no tienen nada, no pueden compartir nada; quienes no van a ninguna parte no pueden tener compañeros de viaje”.

Nunca como hoy, a través de las redes sociales, las personas se han visto envueltas de tantos “amigos”; y nunca como hoy, al mismo tiempo, ha estado el concepto de amistad tan devaluado. Se confunde el amigo con el contacto profesional (networking), con el conocido, o incluso con el desconocido que pasaba por allí. Se privilegia el número, la cantidad, por encima de la calidad. Y el hipercontacto permanente convive a veces con la carencia de relaciones personales auténticas; de amistades hondas, sentidas y sinceras. De tanto navegar, algunos zozobran, y acaban como náufragos a la deriva, asidos a una tabla desierta de vínculos humanos enriquecedores y perdurables.

Es hora de recuperar el valor infinito de la amistad. Una amistad que no se conciba en sentido utilitario (qué me reporta esa persona), pues estaría destinada al equívoco y el fracaso. Es hora de reivindicar una amistad plena, “que se desea por ella misma”; la de quien “quiere que otra persona exista y viva por amor del amigo mismo” (Aristóteles). Una amistad que rechace la carcoma de la crítica, la suspicacia, la adulación o la envidia. Una amistad que crezca con el trato y se avalore con el tiempo. Una amistad fundada en la lealtad y la sinceridad recíprocas; en la comunicación, en la búsqueda común y venturosa de la verdad. Una amistad que disminuya las penas y redoble las alegrías de los amigos. Una amistad benevolente, pronta a regalar dones y favores. Una amistad, en fin, que acompañe nuestro viaje existencial de verdad, de sabiduría y de gozo.

[Publicado en Acento el 27/01/2015]

Elogio de la vejez

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En el 2007 la cadena de televisión alemana Deutsche Welle reconocía el blog “A mis 95 años” como “la mejor bitácora en español”. A su autora, la española María Amelia López, su nieto le había abierto un blog con ocasión de su 95 aniversario. María, que había sido toda su vida ama de casa, reconocía en una entrevista que, cuando le explicaron qué era Internet, “me asusté”. Pero pronto el recelo se trocó en gozo: “Me comunico con todo el mundo –afirmaba–, expreso lo que pienso y lo que siento. […] Ellos dicen que aprenden de mí, pero yo estoy aprendiendo de ellos y de su bondad”. Dos años después, cuando falleció María a los 97 años, sus artículos (dictados por ella y tecleados por su nieto) habían recibido más de un millón y medio de visitas. Miles de personas expresaron sus condolencias y los principales periódicos del mundo se hicieron eco de su muerte.

El caso de María podría sorprender a quienes consideren la vejez como una fase vital marcada por la negatividad, los achaques físicos y el retraimiento social. Pero no, desde luego, a aquellos familiarizados con la historia de la cultura y la creatividad humana. Entre los escritores, Cervantes concluyó Don Quijote a los 68 años (uno antes de morir), y Goethe el Fausto a los 82; entre los pintores, Tiziano, Monet o Picasso pintaron algunas de sus obras maestras con más de 85 años; entre los músicos, Verdi compuso Falstaff a los 80 años y Toscanini dirigió orquestas a los 87; entre los actores, Paul Newman y Judi Dench realizaron grandes papeles con más de 75 años, y Christopher Plummer conquistó el Óscar con 82; entre los directores de cine, Éric Rohmer, Clint Eastwood y Woody Allen han dirigido joyas del séptimo arte con más de 70 años, y los dos últimos siguen todavía en activo; entre los políticos, hoy José Mújica es Presidente de Uruguay con 79 años, Manmohan Singh es Primer ministro de la India con 81, y Giorgio Napolitano es Presidente de la República Italiana con 87 años.

La vejez es, innegablemente, un período de limitaciones físicas. Pero es también, al mismo tiempo, una etapa preñada de oportunidades, proyectos y anhelos. Cuántas veces, durante los años intermedios de la vida, queda uno prendido en el trajín de las preocupaciones domésticas, familiares y profesionales. Son, a menudo, años de aceleración, de competitividad, de pugna por abrir espacios para uno mismo y su familia. Algo que no sucede en la vejez, cuando el tiempo se remansa, cuando el disfrute se recluye menos en el “hacer” y el “tener” y se expande hacia el horizonte infinito del propio “ser”. En este sentido se expresaba el cineasta Ingmar Bergman, cuando, con 87 años, afirmaba que “envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena”.

En la acepción negativa de la palabra, es viejo –no importa la edad– el que se recluye en el pasado, el que se aísla en el caparazón de su yo, el que guarda rencor, el que teme, el que comprime las alas y achica el corazón. Y es joven el que –con 20, con 50 o con 90 años– extrae la savia de la vida; el que entiende cada día como una cosecha de iluminaciones, el que expande sus límites, el que perdona, el que ama, el que asume el pasado, vendimia el presente y explora el futuro. Y, por tanto, la vejez biológica –incluso la ancianidad–, puede ser también una etapa de juventud espiritual. Una etapa de proyectos intelectuales apasionantes (estudiar una carrera, aprender idiomas, escribir libros); una etapa de aporte a la comunidad (a través de la educación de los nietos o del voluntariado social); una etapa de dilatación del amor (como vi en mi abuelo Celso, como veo en mi abuela María Dolores); una etapa de comunicación (con la familia, con los amigos y la sociedad); una etapa de conocimiento del mundo (a través de los viajes y las lecturas); una etapa de pasión espiritual (en preparación para la eternidad). Una etapa en la que no prime la carencia sino la presencia; una etapa, en fin, que la sabiduría y la pujanza espiritual conviertan en la más dorada, fecunda y dichosa de la vida.

[Publicado en Acento el 05/05/2014]

Montaigne o la libertad interior

Retrato de Montaigne

En la región francesa de Burdeos, en un castillo rodeado de viñedos y rosales, nace en 1533 Michel de Montaigne. Desde su nacimiento, su padre lo confía a una familia de leñadores, para unirlo “con el pueblo y con la clase de hombres que necesitan nuestra ayuda”. Tres años después, el niño es llevado de nuevo al castillo, donde un sabio alemán –y, con él, toda la familia– lo educan exclusivamente en latín.

Este experimento pedagógico (que le hermanará con Séneca, Virgilio o Plutarco) concluye a los seis años, cuando el niño es enviado a la escuela francesa. Más tarde reprobará en sus Ensayos esa escuela petrificada, que se esforzaba “sólo en llenar la memoria” y dejaba “el entendimiento y la conciencia vacíos”. Y, frente a esa aceptación acrítica de la tradición, propondrá “que el joven examine y pase por el tamiz todo lo que lee y no acepte nada por la simple confianza, fe o autoridad”. Y es que, “quien sigue a otro, no sigue nada, no encuentra nada, ni siquiera busca algo”. Es preciso espolear al estudiante hacia la exploración de nuevos senderos, con la brújula de su conciencia y el vigor creativo de su espíritu.

A los quince años, Montaigne es testigo de la ferocidad con la que se reprime en Burdeos el levantamiento contra el impuesto de la sal. Cientos de personas son torturadas hasta la muerte. Durante días, los cuervos trazan círculos en el aire, mientras se oyen los lamentos de los atormentados y la ciudad se emborracha con el olor a carne quemada. Escenas que se multiplicarán años después, entre 1562 y 1598, cuando las guerras de religión arrastren a los franceses a un torbellino de atrocidades y matanzas. Serán tiempos de furor theologicus (delirio teológico), de quema de adversarios y herejes (católicos o hugonotes), tortura sistemática, profanación de tumbas, saqueo y destrucción de pueblos.

Ante esta locura colectiva, Montaigne se recluye en 1570 en la torre de su castillo, a los treinta y ocho años de edad. No quiere contemporizar con un mundo fanático que alcanza cada día mayores cotas de bestialidad. Y consagra la habitación más alta de la torre, en la que instala su biblioteca de mil volúmenes, “a su libertad, a su tranquilidad y a sus ocios”. En las vigas del techo ordena pintar cincuenta y cuatro máximas latinas. En la última, la única escrita en francés, se lee: “¿Qué sé yo?”. Una declaración de intenciones, que denota tanto su escepticismo como su humildad intelectual. La biblioteca de su torre encarna física y simbólicamente lo que Goethe denominará más tarde la “ciudadela inexpugnable”: el recinto interior y libre de la conciencia, independiente de las turbulencias del entorno y los azares del destino.

San Agustín había ya propuesto en el siglo IV: “¡No salgas fuera, retorna a ti mismo! ¡En el hombre interior habita la verdad!”. Montaigne, por su parte, acentúa la reflexividad agustiniana: “Yo me estudio más que ningún otro asunto: soy mi física y mi metafísica”. No aspira a la fijación del ser universal, sino al retrato de los modos cambiantes de su ser particular, de su alma inestable, que está “siempre en precario, a prueba”. Su principal pasión, su gran aventura, será desde entonces la exploración de sí mismo, descubriendo los reflejos de su ser en la galería de espejos que le brindan los libros y las experiencias. Y es que, para él, no hay mayor conocimiento que el de uno mismo, pues “cada hombre lleva en sí mismo la forma completa de la condición humana”.

Desde la biblioteca de su torre, y a partir de la exploración de sí mismo, Montaigne alumbra un nuevo género literario –el ensayo–, que se define por la impronta del yo en la reflexión sobre la realidad. En él, el autor examina un tema, y al hacerlo, se interroga sobre sí mismo. Es pensamiento que se tantea en su acto de pensar, sensibilidad que se palpa en su acto de sentir. El ensayo es el género de la libertad: de la libertad temática, compositiva, artística e intelectual. El ensayo puede acoger cualquier tema; puede alternar la argumentación con la narración, la descripción o el diálogo; puede aunar la ciencia más exigente a la creación artística más sublime. El ensayo, como Montaigne, aspira a la humildad aplicada a la reflexión, a la apertura intelectual, la tolerancia, el espíritu de diálogo y el pluralismo.

Para Montaigne, “el mayor arte es seguir siendo uno mismo”. Liberarse de la reputación, “la más inútil, vana y falsa moneda de que nos servimos”; liberarse de la costumbre, “que nos hurta el verdadero rostro de las cosas”; liberarse de la vanidad, el orgullo, el miedo, el afán de concupiscencia, la codicia, la opinión ajena, los sistemas totalizadores, los fanatismos y las luchas de partido. “Entre las artes liberales –escribe– empecemos por el arte que nos hace libres”. El arte de la libertad interior: la lucha por acrecentar ese yo íntimo, ese espacio interior; la voluntad de conservar, pese a todo y ante todos, el “alma libre”.

De esta “libertad íntima” y radical hablará el psiquiatra judío Viktor Frankl, superviviente de Auschwitz, al afirmar que “el hombre puede conservar un vestigio de libertad espiritual, de independencia mental, incluso en las terribles circunstancias de tensión psíquica y física. […]  Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas; la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino”. Esa libertad fundamental, que fortalecería a Nelson Mandela durante sus décadas de cárcel (“soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma”, se repetía), es la que amó y defendió Montaigne: la que le mantuvo al margen de banderías y partidos; la que le capacitó para mediar entre reyes; y la que, ante todo, plasmó en ese festín para la inteligencia y la sensibilidad que son sus Ensayos: el retrato más bello de la libertad del espíritu.

[Artículo publicado en el Listín Diario (20/05/2014)]

Elogio del maestro

Escuela de Atenas

“En el mundo, hora tras hora | me enseñabais cómo el hombre se hace eterno”. Así honra el narrador y protagonista de la Commedia de Dante a su maestro, Brunetto. Eternizar, trascender el instante, rebasar lo petrificado y proseguir hasta el abrazo de lo vivo: eso es el arte de enseñar. Eso realizó, divinamente, el hombre que transformaría para siempre la historia de Occidente, y al que sus discípulos de Judea llamaban “Rabbi”: “maestro”. Maestro de vida, de esperanza, de amor. Como Sócrates, que con su “mayéutica”, con su destreza para alumbrar la verdad en el discípulo a través de las preguntas y respuestas, empedraría el camino de la pedagogía. Como Aristóteles, el hombre más sabio de la Antigüedad, que imprimió su huella en un alumno macedonio de trece años, más tarde conocido como Alejandro Magno.

Enseñar no es sólo un oficio: es una vocación. Una llamada desde la entraña del ser a realizar el misterio de la transmisión. A ser servidor de la palabra, del pensamiento, de la vida. A esparcir el logos de la sabiduría a los cuatro vientos, para que su semilla germine en el alma de toda persona. A difundir la luz del conocimiento, como un fanal a veces inadvertido, pero sin cuya luz nada sería en la oscuridad; en la noche de la ignorancia en la que nace todo ser humano y en la que, de no ser por los grandes maestros, quedaríamos sumidos hasta la muerte. El maestro –aquél que se hace merecedor del tal nombre– es el sembrador de todo lo que vuelve humanos a la mujer y al hombre. Por eso se pudo decir del rabbi Yehiel Mikhal, a finales del siglo XIX, que era “el alma del alma”: quien reverdecía, quien embriagaba y encendía de pasión el núcleo vital y espiritual de la persona.

El maestro es un artista que trabaja con el material más puro, el más bello y, a la vez, el más quebradizo: la misma persona. En sus manos se encuentra una intimidad libre, un cuerpo animado; alguien a quien la intervención del maestro puede destruir o elevar hasta las estrellas. Y es que, como advierte Platón, “la voz del maestro es mucho más decisiva que cualquier libro”. De ahí la responsabilidad infinita del maestro, pues está en contacto con la infinitud de la persona. Debe responder a esa llamada que le empuja no sólo a enseñar, sino también a formar. A dar forma a lo informe, a pulir, a tallar; a guiar con su inspiración, su experiencia y su talento el navío todavía frágil del alumno. Y debe hacerlo desde una imagen de la persona, desde un ideal, desde un horizonte.

Se ha dicho que “la educación es el otro nombre de la libertad” (Danilo Medina). Y es que, si como afirmó el Maestro, “la verdad os hará libres” (Jn 8:32), tanto más libre es una persona cuanto mayor es su conocimiento de la verdad. La verdad instrumental, propia de la ciencia, y la verdad espiritual –filosófica, artística y religiosa–, sin la cual el ser humano queda preso de la inmanencia, la vacuidad o la angustia existencial. Por eso “cada lección del aula es una lección de libertad” (George Steiner): porque amuebla la mente y vigoriza la inteligencia de los alumnos; y así, hermanándolos con la sabiduría, asienta las bases de una sociedad abierta y democrática: una sociedad libre, capaz de resistirse a la injusticia y de forjar pacíficamente su destino.

El maestro es un forjador de libertad y un sembrador de esperanza. “Un maestro es el celoso amante de lo que podría ser” (Steiner). En cada alumno no ve sólo el boceto que ya es sino, sobre todo, la obra maestra que podría llegar a ser. Y, ante el yerro del estudiante, ante su desaliento o apatía, le instila pasión y esperanza. Sabe que, como esculpió Antonio Machado, “hoy es siempre todavía”, y que la persona sólo crece proyectada hacia el futuro: hacia el amanecer de sus metas y sueños; de sus ideales, de sus anhelos y esperanzas. De ahí que, a la caza del vergel de lo que podría ser, acompañe al alumno en el inicio de su aventura y le done sus tesoros más preciados: su confianza, su esperanza y su amor.

[Publicado en Acento el 30/04/2014]

Elogio de la cocina

Salmon trout fillet on baked potato

Se ha definido al ser humano como un animal racional, simbólico, lingüístico, social y religioso. O –en palabras del filósofo Gustave Thibon– como un ser “que piensa, que ama, que va a morir y que lo sabe”. Esa potencia racional y espiritual de la persona la representaron los griegos con el fuego, que el titán Prometeo habría robado a Zeus para entregárselo a los hombres. Y el fuego no sólo encarna, simbólicamente, el fulgor del espíritu; es también el eje sobre el que se desarrolló una de las mayores expresiones humanas: la técnica y el arte de la cocina. Gracias al fuego (y a la cocción que permite), el ser humano se erigió como un animal culinario: el único capaz de transformar sus alimentos –física y químicamente– para beneficio propio.

Hoy sabemos que la cocción elimina todos los parásitos y la mayoría de las bacterias. Además, prolonga la conservación de los alimentos, los ablanda y los vuelve más digeribles (pues coagula las proteínas, destruye el almidón, etc.). Y, por supuesto, la cocción realza el sabor de los alimentos, al modificar sus propiedades y desencadenar una serie de sustancias tan sabrosas como olorosas. Ejemplo de ello es la reacción de Maillard, producida a partir de los 130 ºC, y que transforma los azúcares y las proteínas de los alimentos. Es la que, en la carne asada, el pan tostado o el dulce de leche, genera ese color marrón y ese olor inconfundible, que linda con la caramelización.

La cocina es una forma privilegiada de cultura, entendiendo por tal “todo aquello que hace de la vida algo digno de ser vivido” (T. S. Eliot); todo aquello en que se plasma el genio estético y ético de la persona. De hecho, pocas realidades dan cuenta mejor de la extensión –o democratización– de la cultura occidental que la cocina. Hasta la Revolución francesa, el arte de la cocina era, en Europa, patrimonio de la realeza y la nobleza. Fue entonces cuando algunos grandes cocineros, una vez ejecutados sus clientes nobiliarios, orientaron sus servicios al gran público. La pujante burguesía comenzó a disfrutar, en los nuevos restaurantes, de los placeres vedados de la Alta Cocina. Y en todas las clases sociales se extendieron los modales culinarios aristocráticos (cubiertos, servilleta, mantel).

Desde finales del siglo XIX se impuso la Cocina Clásica francesa, que apostaba por la calidad de los ingredientes y la sofisticación de las recetas. Ejemplo de ello es la Guía culinaria (1903) de Escoffier, que recogía cinco mil recetas, y que estableció, además, la jerarquización del personal en las grandes cocinas. En los años setenta irrumpió en Francia la Nouvelle Cuisine, que suprimía el uso de salsas espesas y platos excesivamente recargados. Se trataba de simplificar el arte culinario y resaltar no tanto el dominio de las técnicas y recetas heredadas, cuanto la originalidad del chef. En esa estela innovadora, pero introduciendo un elemento revolucionario, cabe situar la novísima Cocina Molecular, cuyo abanderado es el español Ferrán Adriá, y que aplica la ciencia a la gastronomía. A través de técnicas de laboratorio (como cocinar al vacío o con nitrógeno líquido), se obtienen toda suerte de espumas, emulsiones, geles, humos, perfumes, etc.

La cocina es un arte total, que se dirige no sólo al paladar, sino a todas las potencialidades de la persona. Es pintura, que juega con las líneas, las sombras, las gamas cromáticas, los contrastes y las explosiones de color. Es escultura, que conforma texturas, modela formas y superpone planos. Es teatro, que cautiva al cliente con sus descripciones y lo sorprende con giros inesperados. Es arquitectura, que utiliza el espacio físico del restaurante para orientar e intensificar la degustación. Es literatura, que se expresa a través de un lenguaje propio, creativo y poético. La cocina es pasión, emoción, inteligencia; es belleza a raudales, éxtasis, epifanía; es historia, es reverberación de emociones y recuerdos; es filosofía de la templanza o la desmesura; es música de aromas y sabores, de temperaturas y primores; es diálogo con Dios, tensión trascendente y misterio; es el arte más compartido, paladeado y gozado; el más gozoso, el más sabio, el más alegre.

[Publicado en Acento (28/03/2014)].

Elogio del regalo

Rafael. Las tres gracias

Pocos motivos iconográficos han entretejido tanto el arte occidental como las tres Gracias. Encontramos ya a estas hijas de Zeus, a estas divinidades joviales de la belleza, en relieves griegos anteriores a Cristo, en frescos romanos de Pompeya, o en pintores como Botticelli, Rafael, Rubens, David o Picasso. Se las representa de pie, desnudas y risueñas, con las manos entrelazadas, formando coro y, a menudo, compartiendo objetos. Más allá de servir a los pintores de ocasión para representar el hechizo del cuerpo femenino, las Gracias han simbolizado, ya desde la antigüedad, el arte clásico de los beneficios: los dones, los favores y regalos. En un cuadro de Rafael, por ejemplo, las doncellas sostienen y se intercambian esferas. Unos regalos tan perfectos –en su forma esférica– como la bondad y el placer que conlleva el acto de regalar, con su dinámica ternaria (como tres son las Gracias): dar el regalo, recibirlo y devolver a su vez el favor, con nuevos regalos.

Toda la filosofía griega y latina, desde Aristóteles y Epicuro hasta Cicerón y Séneca, ha meditado en torno a la donación y el agradecimiento. Seguiré aquí el tratado Sobre los beneficios, de Séneca, glosado con maestría por el filósofo Josep Olives. Séneca habla de una “ciudad cautiva”: presa del egoísmo, la envidia, la avidez de poder y de dinero. Una ciudad que es reflejo del alma del hombre mismo, y de cuya telaraña egoísta sólo se puede uno liberar a través del arte de los beneficios. Séneca lo define como “la acción benevolente que da gozo y lo capta al darlo, realizada con espontaneidad natural”. Frente a la lógica utilitaria del cálculo, frente al círculo vicioso de la avaricia, debería imponerse el círculo virtuoso de la gratuidad y la dádiva: la circulación libre e ininterrumpida de los regalos. Algo que no está reservado a los ricos, puesto que el beneficio “no consiste en aquello que se hace o se da, sino en la disposición del espíritu, en el ánimo de quien hace o da”. Por ello, “se agradece mucho más lo que viene de una mano generosa que lo que viene de una mano llena”.

¿Cuál es el regalo perfecto? Aquél que es original, personalizado (“beneficio de todos, beneficio de nadie”), y que se entrega con prontitud, benevolencia y alegría. Un regalo que se complace en el acto de dar, y en los vínculos amistosos que crea la donación, sin esperar a cambio ningún provecho. Estamos, por tanto, en las antípodas del regalo utilitarista, lindante a veces con el soborno o cohecho, que emponzoña las relaciones humanas. En cuanto al receptor del regalo, debería agradecerlo con el mismo espíritu con que se entregó: con prontitud y generosidad, haciéndolo público y expresando el agradecimiento con acciones y palabras. Esa voluntad agradecida es el primer paso para la devolución del beneficio (cuyo núcleo, recordemos, es la intención o el espíritu con que se hace). Aunque, como es lógico, el agradecimiento impulsará, a su vez, la devolución también física del favor, en su gesto o huella material.

Para el filósofo estoico, “conviene que el benefactor, después de su acto, olvide lo que ha dado, mientras que el beneficiado nunca debe olvidar lo recibido”. Al cabo, esa regulación del olvido y la memoria es también la seña del amor: la capacidad de perdonar las ofensas (olvidándolas, en lo posible) y de recordar, en cambio, todos los favores y beneficios recibidos. Se trata, por tanto, de combatir “el peor de los males sociales” –“la ingratitud”– con la alegría compartida, afirmativa y comunitaria del regalo, que beneficia tanto a quien lo recibe como a quien lo da.

[Publicado en Acento (21/03/2014)].