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Vargas Llosa o la magnanimidad

13 diciembre, 2010

Espoleado por mi tía Ana, escucho el discurso completo de Mario Vargas Llosa en su recepción del Nobel de Literatura. Un texto brillante que sorprende por la magnanimidad –de magna anima–, la grandeza de ánimo que alienta en sus palabras. Discurso que es reflejo de una vida plena, colmada de éxitos y atemperada por los fracasos (como su fallida candidatura a la presidencia de Perú). El autor, aclamado por sus ficciones y sus escritos de crítica literaria, ha abordado también asuntos de política. Sus novelas, de gran audacia formal, están empapadas de violencia, poder y sexo; dueños de un mundo que, para él, se presenta vacío de Dios. Él mismo reconoce su “duda” y “perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional”.

Para Vargas Llosa las palabras son actos que pueden cambiar la realidad. “La literatura nos alerta contra toda forma de opresión”. Y es que la ficción, destapando las carencias de la existencia, nos revela que “la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor”. De ahí que su narrativa sea una reivindicación de la libertad frente a todas las dictaduras, citando en su discurso las de Cuba, China, Birmania o Venezuela. Nuestra época es “la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas”; la de un Islam apolillado que se atrinchera frente a la modernidad, que yugula la libertad religiosa y dialoga a fuerza de bombas. A todos ellos “hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos”. Y ello desde la democracia liberal y su sociedad abierta, entre cuyos pilares teóricos cita a “R. Aron, J-F. Revel, I. Berlin y K. Popper”.

Nuestro autor, que se siente “ciudadano del mundo”, alaba la Barcelona de los años 70, “capital cultural de España” y de Latinoamérica. Y advierte: “Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz. Detesto toda forma de nacionalismo, ideología –o, más bien, religión– provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento”. Nacionalismo y racismo: lacras entrelazadas. Como demuestra el Nacionalsocialismo de Hitler, el nacionalismo francés de Maurras, el vasco de Sabino Arana, el catalán de J. A. Vandellós o Pompeu Fabra, el británico de R. Kipling y, en general, el que auspició todo el imperialismo europeo. Vargas Llosa defiende en cambio el patriotismo, “sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz”; no las banderas, los panfletos y los himnos, sino “un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver”.

El discurso fluye armónico, preñado de ideas acuciantes. Y de pronto, Mario rompe a llorar. Está hablando de su mujer: “El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien”. Y es el amor, innegociable, que sobrevuela y sobrepuja todo lo demás. Es –aunque Mario no lo sepa– la reverberación del “Amor che move il sole e l’altre stelle”, amor fiel “como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí”.

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From → Literatura

3 comentarios
  1. Ana permalink

    Brillantísimo post del que me siento orgullosamente culpable. Aún cuando tengo ciertas reservas sobre el pensamiento de Mario Vargas Llosa, no cabe duda de que su discurso es magistral -como requería tan gran acontecimiento-. Magistral también por no olvidar -con una carga de profundidad llamativa- que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer.
    Sólo echo en falta que este gran escritor, no haya llegado a descubrir que ese amor, como tu dices, no es sino la reverberación de otro Amor que mueve el mundo y que es este Amor, no la escritura, ni la lectura, ni los sueños, lo Único que nos ayuda a “aliviar nuestra condición perecedera, derrotar la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible” -palabras finales del discurso-.
    Gracias por escribirlo.

    • Gracias a ti por sugerirlo y comentarlo, Ana. Sí, no todo es bueno en ese escritor: ayer anunciaban que se reeditará un libro suyo sobre Berlanga, francamente desaconsejable. Pero es un hombre magnánimo, que ha sabido perdonar a los que le han hecho daño -como Fujimori-, que denuncia la idolatría nacionalista, alaba a su única mujer y combate las dictaduras y el discurso correcto progresista. Y todo eso merece alabanza, por supuesto.

  2. Una síntesis muy bien hecha del discurso de Vargas Llosa y el fondo de su literatura.

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