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De dioses y hombres

16 enero, 2011

Guerra civil argelina (1991-2002). Un puñado de monjes trapenses viven en Tibhirine, al norte del país, en las montañas del Atlas. Se suceden los asesinatos –la guerra mataría a 200.000 personas–, la tensión aumenta hasta hacerse insoportable. Los monjes dudan: ¿quedarse exponiéndose a la muerte o regresar a la seguridad de Francia? De eso habla el film recién estrenado de Xavier Beauvois, galardonado con el Gran Premio del Jurado del Festival de Cannes y que ha superado en Francia los cuatro millones de espectadores.

La película se abre con un epígrafe vigoroso: “Vosotros sois dioses, hijos del Altísimo, pero como hombres moriréis, como cualquier príncipe todos caeréis” (Salmo 82). Grandeza y miseria de un “rey destronado” (Pascal), un ser “que piensa, que ama, que va a morir y que lo sabe” (G. Thibon). De dioses y hombres es la crónica de una muerte libremente asumida, por amor. De la pugna entre el instinto animal de conservación y la lógica del amor, que les insta a quedarse. Isaías, hablando del Israel sitiado y su fe en Yahvé, dice: “Si no creéis no subsistiréis” (7, 9). Así, los monjes de Tibhirine, porque creen en la Providencia permanecen; y de modo inverso, su negativa a escapar aviva más y más su fe. Una fe transida de noche, de temor y esperanza. Pues, como la beata Teresa de Calcuta, algunos de estos monjes se muestran faltos de fe, como rechazados por un Dios que enmudece. Pero permanecen. Y porque permanecen creen.

Beauvois entrega un film clásico, sin alardes técnicos, donde prima la economía narrativa. La puesta en escena es despojada, asumiendo el protagonismo los actores. Todos, por cierto, inspiradísimos (confiriendo personalidad propia a cada personaje), aunque sobresalen Lambert Wilson (abad Christian) y Michael Lonsdale (hermano Luc). El rodaje es detenido, moroso. Y es que estamos ante un ejemplo de cine lírico, como La pasión de Juana de Arco de Dreyer, Sacrificio de Tarkovsky o El cielo sobre Berlín de Wenders. Aquí, por encima de la trama, lo significativo son los detalles. Entre ellos, el maravilloso himno “Voici la nuit des origines”, cantado en gregoriano por los monjes y clave hermenéutica del film. De hecho, la vida de estos trapenses es el heroísmo de lo cotidiano, encarnando el ora et labora de San Benito. Así, junto a la labor humanitaria que realizan con la población argelina, la película –como la vida monástica– aparece ritmada por la liturgia. Otros méritos del film son su bella fotografía, la sabia alternancia de secuencias de interior y exterior, así como la iluminación natural: tenue en los interiores –formando claroscuros– y radiante en los exteriores (filmados en Marruecos).

El guión del film está lleno de diálogos memorables. Así, por ejemplo, cuando el hermano Luc exclama: “¡no me asusta la muerte; soy un hombre libre!”, bromeando a continuación: “¡dejad pasar al hombre libre!”. O cuando uno de los monjes comenta: “somos como pájaros sobre una rama: no sabemos si nos iremos”, corrigiéndole una lugareña: “los pájaros somos nosotros y ustedes la rama”. O cuando un monje confiesa al abad su miedo a perder la vida y éste le responde: “esta vida estaba ya dada a Dios y a este país”. Entre todos, destacan dos momentos epifánicos. Uno es cuando un helicóptero militar sobrevuela amenazante el monasterio, fundiéndose el estrépito del aparato y el canto coral de los monjes, como midiendo sus fuerzas. El otro sucede hacia el final, cuando todos los monjes deciden personalmente quedarse (comunión de voluntades) y reciben a Dios en la comunión. Después, en la cena, se sirve vino tinto, mientras escuchan “El lago de los cisnes” de Tchaikovsky. La cámara barre y luego se detiene en primerísimos planos de los personajes, que pasan de la alegría a la emoción, comprendiendo la muerte cercana.

Para el director, “más allá de la religión, el film habla del hombre. […] Eran aventureros, artistas del amor, personas que van al final de las cosas, de su pensamiento, con una fe y rigor… es poco común hoy, hacer don de sí, interesarse por los demás”. De dioses y hombres narra la paradoja de unos hombres que, conducidos a la muerte, dieron el mayor testimonio en favor de la vida.

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From → Cine

8 comentarios
  1. Miguel permalink

    Me encantó Enrique!!!de hecho pensé en ti cuando la vi, jeje, después del debate sobre la vida monástica en pasada cena ;)…Es mmuy buena. Aunque parezca increíble, quizá ahora tengamos que ir al cine para escuchar el silencio, sin música de fondo. Lo que más me gustó es la cena con Tchaikovsky, genial. Me pareció que lloraban de felicidad. Como rememorando con nostalgia la felicidad vivida y la fortuna de haber tenido un vida tan llena de sentido, aunque hubiesen “necesitado” dos botellas de tinto, un cassette, y unos talibanes que se lo recordaran.

    • ¡Sí, totalmente de acuerdo! Miguel, a ver si le enseñas el post a Clara, que así me resarzo después de la cena… Es una grandísima película y, todo sea dicho, también una manera de ver todo el sentido que tiene la vida de estos monjes (se ve en toda la película pero, como dices, en la escena de la música de una manera especial). Un abrazo.

    • “quizá ahora tengamos que ir al cine para escuchar el silencio” magnífico desafío…

  2. Anónimo permalink

    No la he visto, pero tan elocuentes palabras la han convertido en la siguiente película de la lista “Lo que haré cuando acabe los exámenes”. Quizás entonces pueda opinar algo.

    Un saludo!

  3. Ruth permalink

    (Se me olvidó firmar el comentario…).

    • No te la pierdas Ruth. Y quizá a cierto arquitecto le ayudaría verla… En este plan espiritual, a finales de enero se estrenará en España Thérèse (sobre Santa Teresita del Niño Jesús). Es una película de 1986, que ganó también el Premio del Jurado en Cannes, además de 6 César (incluyendo mejor película). Un saludo!

  4. Edu permalink

    No la he visto, pero me dan ganas de verla!

  5. Juan E. López permalink

    Magnífica película. Va al fondo de las cosas en una sociedad como la nuestra alienada y sumida en una superficialidad inquietante. Esta es una historia en la que claramente se muestra que la vida merece ser vivida si todo se hace por amor a Dios y al prójimo. Son ideas con valor de eternidad y no gilipoleces a uso que hacen que quien borreguilmente las siga se vea sumido en una vida sin sentido y… aburrida.
    “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Queda todo dicho

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