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La espantada de los tiranos

20 febrero, 2011

Cuenta la leyenda que, tras perder Granada, el rey Boabdil atisbó por última vez su ciudad, –ya camino de la Alpujarra– y prorrumpió en llanto. Entonces su madre, la Sultana Aixa, le espetó: “no llores como una mujer lo que no supiste defender como un hombre”. Los ojos arrasados de “Boabdil el Chico”, regados por todas las fuentes de la Alhambra, contemplaban la extinción definitiva del al-Ándalus, sus emiratos, califatos y taifas, sus torres almenadas y jofainas de agua de azahar…

Poco imaginaba Boabdil que la escena se repetiría cinco siglos después en el Túnez islamizado por los Omeyas. Aunque, por supuesto, en los tiempos prosaicos en que vivimos, el cuadro aparece ahora despojado de toda traza poética. Ya no más sierras nevadas y jinetes de carmesí; no más vestidos recamados y dagas de lapislázuli. El siglo XXI ha sustituido la belleza sensual de las Mil y Una noches por la mueca del body-art o el arte povera. Y así sus poderosos, educados en la ética del Padrino y la estética de la duquesa de Alba. De esta manera, la aparición de Ben Alí se producía en un escenario cenizo y minimal, desnudo y monocromático como es cualquier aeropuerto secundario. Iba en mangas de camisa, sudoroso, con una cartera bajo la axila. A su lado, los gorilas guardaespaldas y su mujer Leila, la “Macbeth de Cartago”, junto a varios de sus retoños.

Los tunecinos llenaban colmeneramente las plazas y los jefes del ejército ahuyentaban al déspota. El avión le esperaba ya para despegar al exilio. Pero, como revelaba el Nouvel Observateur, Ben Alí quería quedarse en su tierra cocotera: “¡Dejadme, no quiero ir, quiero morir aquí, en mi país!”. Y tuvo que apostrofarle el jefe de la policía política, mientras le agarraba del brazo: “¡Me cago en diez! ¡Tú vas a subir!”. Como tan cariñosas palabras no conseguían animar al pelele, su mujer le insufló ánimos: “¡Sube, imbécil! ¡Toda mi vida tendré que soportar tus gilipolleces!”. Siendo éste el lenguaje de la corte no extraña que la hija del tirano, Halima, atajara la cuestión así: “¡Dejad a mi padre o bajo y os mato a todos!”. De tal palo tal astilla, y el hastiado y estrellado Ben Alí dejó al fin sus sueños palaciegos y subió al aeroplano (o le subieron).

Por lo visto, el histrión que yugulaba Túnez no ha superado el miedo escénico; su primera función como dictador exiliado le colapsó, y las últimas informaciones hablan de un derrame cerebral en la cuna de Mahoma: Arabia. No es el único: otro de los tiranos islámicos depuestos, el inefable Mubarak, se debate –según el diario Al Wasat– entre la vida y la muerte en un hospital alemán, desmayado por el rechazo del pueblo hacia su padrino. Un desamor que, en almas tan cándidas y sensibles como la suya, puede llegar a provocar el coma…

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From → Política

2 comentarios
  1. Javier G. Sánchez permalink

    ¡Gran artículo!
    No hay mal que cien años dure… al menos cuando se trata de personas.
    Sin duda la edad ha ayudado a doblegarles, otra cuestión es quién ocupará sus lugares.

  2. Muchas gracias Javi. Sí, a ver qué decide la tan aclamada Junta Militar que manda ahora en Egipto…

    Un abrazo,
    Enrique.

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