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Identidades asesinas

19 noviembre, 2012

Así titulaba el escritor franco-libanés Amin Maalouf un libro de 1998 sobre las atrocidades cometidas en nombre de la nación, la etnia o la raza. Crecido a caballo entre el Líbano y Francia, entre la cultura árabe y la francesa, Maalouf negaba con su vida y su obra el dogma nacionalista de que la identidad sea única y esté dada de una vez por todas. Al contrario –argüía– la identidad “se construye y se transforma a lo largo de la existencia”. No solo importa el nacimiento. También, y sobre todo, la singladura que traza cada persona libre, forjada al calor de sus preferencias, convicciones y sensibilidad personal. La identidad –concluía– no se reduce a una pertenencia, esgrimible contra todas las demás, sino que es la suma de pertenencias que asumimos a lo largo de la vida. Uno puede ser y sentirse, al mismo tiempo, libanés y francés, español y catalán, europeo y caribeño…

Frente a quienes consideramos que la persona humana está amasada de polvo divino y es, por ello, capaz de orientarse a sí misma hacia tierras incógnitas, se atrincheran los nacionalistas de todo cuño; quienes juzgan al hombre solo por el hecho fortuito de su nacimiento, pues –piensan– este le marcaría de tal modo que, como el instinto en los animales, pautaría de modo prefijado su conducta. De ahí los estereotipos que encasillan a las gentes de un país: como si el caribeño no pudiera hacer otra cosa que aplatanarse, el yanqui debiera engullir compulsivamente hamburguesas y el español bailar sevillanas y torear de continuo.

El nacionalismo, además de ignorar la apertura ilimitada que define a la persona, construye la mitología nacional a fuerza de demonizar a los pueblos vecinos. No hay más que escuchar algunos himnos nacionales –como el francés o el catalán– para darse cuenta de hasta qué punto el nacionalismo necesita estigmatizar al “otro” para afirmarse a sí mismo. Es sabido cómo el nacionalismo español se articuló a partir del repudio de otras religiones y pueblos, del mismo modo que el nacionalismo dominicano se ha desarrollado en oposición a todo lo haitiano. Y es que el pensamiento nacionalista es hijo del miedo; del pavor del débil mental que, incapaz de asumir la singularidad y la viveza del “otro”, no encuentra otro modo de tratarlo que su aniquilación física o cultural.

Pero el nacionalismo, que ha engendrado, entre otras, las dos guerras mundiales, no es el único camino para la afirmación de la propia identidad. Existe un patriotismo generoso, que ama y honra la tierra de los Padres (o patres). O, en palabras de Vargas Llosa, el amor a ese “puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver”. Y tanto más grande será una patria, cuanto más capaces sean sus ciudadanos de liberar su mirada de prejuicios hacia otros pueblos; de despojarse de miedos tribales y abrirse a la maravillosa riqueza del otro.

[Artículo publicado en El Caribe (19/11/2012)].

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From → Pensamiento

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