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Montaigne o la libertad interior

20 mayo, 2014

Retrato de Montaigne

En la región francesa de Burdeos, en un castillo rodeado de viñedos y rosales, nace en 1533 Michel de Montaigne. Desde su nacimiento, su padre lo confía a una familia de leñadores, para unirlo “con el pueblo y con la clase de hombres que necesitan nuestra ayuda”. Tres años después, el niño es llevado de nuevo al castillo, donde un sabio alemán –y, con él, toda la familia– lo educan exclusivamente en latín.

Este experimento pedagógico (que le hermanará con Séneca, Virgilio o Plutarco) concluye a los seis años, cuando el niño es enviado a la escuela francesa. Más tarde reprobará en sus Ensayos esa escuela petrificada, que se esforzaba “sólo en llenar la memoria” y dejaba “el entendimiento y la conciencia vacíos”. Y, frente a esa aceptación acrítica de la tradición, propondrá “que el joven examine y pase por el tamiz todo lo que lee y no acepte nada por la simple confianza, fe o autoridad”. Y es que, “quien sigue a otro, no sigue nada, no encuentra nada, ni siquiera busca algo”. Es preciso espolear al estudiante hacia la exploración de nuevos senderos, con la brújula de su conciencia y el vigor creativo de su espíritu.

A los quince años, Montaigne es testigo de la ferocidad con la que se reprime en Burdeos el levantamiento contra el impuesto de la sal. Cientos de personas son torturadas hasta la muerte. Durante días, los cuervos trazan círculos en el aire, mientras se oyen los lamentos de los atormentados y la ciudad se emborracha con el olor a carne quemada. Escenas que se multiplicarán años después, entre 1562 y 1598, cuando las guerras de religión arrastren a los franceses a un torbellino de atrocidades y matanzas. Serán tiempos de furor theologicus (delirio teológico), de quema de adversarios y herejes (católicos o hugonotes), tortura sistemática, profanación de tumbas, saqueo y destrucción de pueblos.

Ante esta locura colectiva, Montaigne se recluye en 1570 en la torre de su castillo, a los treinta y ocho años de edad. No quiere contemporizar con un mundo fanático que alcanza cada día mayores cotas de bestialidad. Y consagra la habitación más alta de la torre, en la que instala su biblioteca de mil volúmenes, “a su libertad, a su tranquilidad y a sus ocios”. En las vigas del techo ordena pintar cincuenta y cuatro máximas latinas. En la última, la única escrita en francés, se lee: “¿Qué sé yo?”. Una declaración de intenciones, que denota tanto su escepticismo como su humildad intelectual. La biblioteca de su torre encarna física y simbólicamente lo que Goethe denominará más tarde la “ciudadela inexpugnable”: el recinto interior y libre de la conciencia, independiente de las turbulencias del entorno y los azares del destino.

San Agustín había ya propuesto en el siglo IV: “¡No salgas fuera, retorna a ti mismo! ¡En el hombre interior habita la verdad!”. Montaigne, por su parte, acentúa la reflexividad agustiniana: “Yo me estudio más que ningún otro asunto: soy mi física y mi metafísica”. No aspira a la fijación del ser universal, sino al retrato de los modos cambiantes de su ser particular, de su alma inestable, que está “siempre en precario, a prueba”. Su principal pasión, su gran aventura, será desde entonces la exploración de sí mismo, descubriendo los reflejos de su ser en la galería de espejos que le brindan los libros y las experiencias. Y es que, para él, no hay mayor conocimiento que el de uno mismo, pues “cada hombre lleva en sí mismo la forma completa de la condición humana”.

Desde la biblioteca de su torre, y a partir de la exploración de sí mismo, Montaigne alumbra un nuevo género literario –el ensayo–, que se define por la impronta del yo en la reflexión sobre la realidad. En él, el autor examina un tema, y al hacerlo, se interroga sobre sí mismo. Es pensamiento que se tantea en su acto de pensar, sensibilidad que se palpa en su acto de sentir. El ensayo es el género de la libertad: de la libertad temática, compositiva, artística e intelectual. El ensayo puede acoger cualquier tema; puede alternar la argumentación con la narración, la descripción o el diálogo; puede aunar la ciencia más exigente a la creación artística más sublime. El ensayo, como Montaigne, aspira a la humildad aplicada a la reflexión, a la apertura intelectual, la tolerancia, el espíritu de diálogo y el pluralismo.

Para Montaigne, “el mayor arte es seguir siendo uno mismo”. Liberarse de la reputación, “la más inútil, vana y falsa moneda de que nos servimos”; liberarse de la costumbre, “que nos hurta el verdadero rostro de las cosas”; liberarse de la vanidad, el orgullo, el miedo, el afán de concupiscencia, la codicia, la opinión ajena, los sistemas totalizadores, los fanatismos y las luchas de partido. “Entre las artes liberales –escribe– empecemos por el arte que nos hace libres”. El arte de la libertad interior: la lucha por acrecentar ese yo íntimo, ese espacio interior; la voluntad de conservar, pese a todo y ante todos, el “alma libre”.

De esta “libertad íntima” y radical hablará el psiquiatra judío Viktor Frankl, superviviente de Auschwitz, al afirmar que “el hombre puede conservar un vestigio de libertad espiritual, de independencia mental, incluso en las terribles circunstancias de tensión psíquica y física. […]  Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas; la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino”. Esa libertad fundamental, que fortalecería a Nelson Mandela durante sus décadas de cárcel (“soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma”, se repetía), es la que amó y defendió Montaigne: la que le mantuvo al margen de banderías y partidos; la que le capacitó para mediar entre reyes; y la que, ante todo, plasmó en ese festín para la inteligencia y la sensibilidad que son sus Ensayos: el retrato más bello de la libertad del espíritu.

[Artículo publicado en el Listín Diario (20/05/2014)]

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