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Elogio del perdón

perdonar

Entre todas las parábolas evangélicas ninguna acaricia tanto lo sublime como la del hijo pródigo (Lc 15). En este relato, un hijo pide a su padre su parte de la herencia, considerándolo, de este modo, como un difunto. Cuando el padre se la entrega, el hijo se marcha al extranjero y dilapida el dinero en lupanares y casas de juego. Tiempo después, pobre y desesperado, decide regresar a la casa paterna en busca de trabajo. Pero, “cuando aún estaba lejos, le vio su padre y se compadeció. Y corriendo a su encuentro, se le echó al cuello y le cubrió de besos. Comenzó a decirle el hijo: ‘Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo’. Pero el padre le dijo a sus siervos: ‘Pronto, sacad el mejor traje y vestidle; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo, y vamos a celebrarlo con un banquete; porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado’”.

Muchos creadores han pulsado las cuerdas espirituales de este relato evangélico. Maestros como Rembrandt y Murillo lo han iluminado con sus pinceladas; y sin este relato, y sin otros pasajes similares del Evangelio, no se entienden los versos arrodillados y hermosísimos de Lope de Vega, ni composiciones musicales como el aria de J. S. Bach “Ten piedad de mí”, de su Pasión según san Mateo, que reverbera para siempre en el pensamiento y los sentidos de quien la escucha. La doctrina de Jesús invirtió el ansia de venganza y, sin obviar la necesaria justicia, la transformó en un frasco de perdón. Y es que la venganza, omnipresente en la antigüedad, impregna incluso muchas páginas del Antiguo Testamento. Hasta en un Salmo tan sereno como el 23 (“El Señor es mi pastor, nada me falta”) el salmista se solaza en la envidia que provoca en sus adversarios: “Me preparas un banquete | enfrente de mis enemigos”.

En este contexto, es revolucionario que Jesús, en su agonía, pida a Dios el perdón hacia sus torturadores y asesinos. Lo cual no significa, de ninguna manera, la negación del mal ni del daño causado. Porque este existe, y puede ser lacerante hasta el extremo. De hecho, el ser humano es una máquina de infligir daño. Y no sólo con crímenes atroces, sino también por medio de acciones no delictivas, pero que causan a su alrededor devastación moral, sentimental, familiar, económica o profesional. ¡Cuántas familias quedan destruidas por la rapacidad en el reparto de la herencia! ¡Cuántos matrimonios se separan con odio e inoculan ese resentimiento en sus hijos! ¡Cuántos profesionales dilapidan sus talentos, afanándose no en la búsqueda de la excelencia, sino en molestar, zancadillear y hacer caer, si es posible, a sus compañeros!

Perdonar no es negar el daño causado, ni el dolor, ni la pena. Tampoco exime al ofensor de su responsabilidad ni anula la justicia. Perdonar es renunciar al odio, al resentimiento y la venganza. Es frenar el torbellino de maldad y generar, en su lugar, una corriente de benevolencia. Amar a los enemigos no es considerarlos buenos, sino desearles el bien. Y el perdón no sólo descontamina el ambiente de la polución del rencor, el encono y la hostilidad. También higieniza y libera la mente de quien perdona. La Clínica Mayo afirmaba en 2011 que el perdón reduce la ansiedad, aumenta el nivel de optimismo y beneficia tanto al sistema inmune como al cardiovascular. El perdón es un regalo que se ofrece –no por sentimiento, sino por voluntad–, y que beneficia tanto al que lo recibe como al que lo da. Perdonar (y su contraparte, que es pedir perdón) es sacudirse los miedos, liberarse de ataduras y rémoras emocionales. El perdón es el amor en libertad; el amor jovial, pletórico, asertivo y triunfador.

[Publicado en Acento (12/03/2014)].

Ucrania: entre dos mundos

División de ucrania

Desde su independencia en 1991, una vez caído el telón de acero soviético, Ucrania ha oscilado entre dos mundos: por un lado, la Europa abierta, libre y democrática; por el otro, la Rusia opaca, férrea y cesarista; madre tiránica, pero madre al fin, de todas las antiguas Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Esa bipolaridad se ha manifestado con fuerza en la Revuelta del Euromaidán (o “Europlaza”). El detonante fue la suspensión, por parte del gobierno ucraniano de Yanukóvich, de la firma del Acuerdo de Asociación y el Acuerdo de Libre Comercio con la Unión Europea. Las protestas se sucedieron en Kiev, y el gobierno apostó francotiradores en la capital, que provocaron la muerte de decenas de personas. El clamor de la población siguió en aumento y Yanukóvich optó por huir de Kiev, en dirección a la Ucrania prorrusa. En su ausencia, la Rada Suprema (Parlamento) le destituyó por “abandono de sus funciones” y nombró un gobierno interino, hasta las elecciones de mayo de 2014.

La Ucrania europeísta, esto es, toda la zona del centro, el norte y el oeste del país, se ha congratulado con la caída del corrupto Yanukóvich y el distanciamiento respecto a Rusia. Lo contrario que la Ucrania del sudeste, orientada hacia el Mar Negro y donde predomina el ruso, cuyos principales bastiones prorrusos son la península de Crimea y la ciudad de Donetsk.

Para Putin, la destitución de Yanukóvich es un golpe durísimo, pues sin Ucrania su proyecto de una “Unión Euroasiática” liderada por Rusia pierde parte de su componente europeo y, por tanto, de su equilibrio y posibilidades de éxito. De ahí que haya tratado de desestabilizar al gobierno ucraniano interino, a través de la agitación, la propaganda y, lo que es peor, la toma progresiva de Crimea por parte de tropas militares y paramilitares rusas.

En Crimea se encuentra, desde hace 230 años, la base naval de la Flota rusa del Mar Negro. Un enclave estratégico, pues brinda a Rusia la posibilidad de desplegar, en menos de veinticuatro horas, buques de combate en el Mediterráneo. Además, Crimea es un símbolo para Rusia: una tierra defendida en la Guerra de Crimea (s. XIX) por los rusos contra franceses e ingleses; una tierra que acogió durante generaciones la residencia estival de los zares (y más tarde del politburó soviético), y donde se celebró, en 1945, la Conferencia de Yalta.

¿Culminará Putin el asalto de Crimea, tal como Hitler invadió los Sudetes? ¿En ese caso, tratará de anexionarse también Donetsk y el sudeste de Ucrania? ¿Hasta dónde llegarán los Estados Unidos y la Unión Europea para impedir la invasión rusa? Las espadas están en lo alto, y mucho tendrán que variar su discurso las potencias occidentales para frenar los tanques de un presidente autoritario e imperialista como Putin.

[Publicado en Acento (05/03/2014)].

El ciberespía posmoderno

snowden

“No hay nada escondido que no vaya a saberse, ni secreto que no acabe por hacerse público” (Mc 4:22). Estas palabras de Jesús podrían servir de lema al ingeniero italo-francés Hervé Falciani o al periodista griego Kostas Vaxevanis, quienes desde 2009 han destapado las cuentas de miles de evasores fiscales en el banco suizo HSBC. Las mismas palabras, o el desafío evangélico de “que si estos callan gritarán las piedras” (Lc 19:40), valgan acaso de consuelo al analista militar norteamericano Bradley Manning, mientras aguarda una posible condena a cadena perpetua. Manning, a través del periodista australiano Julian Assange y su plataforma WikiLeaks, filtró en 2010 en internet una ingente cantidad de videos, documentos y cables diplomáticos reservados, algunos de ellos muy comprometedores para la administración norteamericana.

En las últimas semanas el mundo sigue paso a paso la andadura del último gran filtrador: el joven norteamericano Edward Snowden. Con tan sólo 29 años, y tras trabajar como consultor tecnológico en la CIA y en la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) de Estados Unidos, Snowden acaba de sacudir la opinión pública con unas revelaciones escandalosas: la NSA espía a ciudadanos de todo el mundo a través del programa PRISM, que rastrea millones de datos a través de los servidores de gigantes informáticos como Microsoft, Apple, Google, Facebook o Yahoo, así como de compañías de telecomunicaciones como Verizon. Además, la NSA habría espiado 38 embajadas de aliados y rivales de Estados Unidos, lo que confirma que no todo el espionaje de la NSA tiene como objetivo la seguridad nacional. El PRISM, al fin y al cabo, es un desarrollo de la red de espionaje ECHELON, compartida desde los años sesenta por cinco países anglófonos (Estados Unidos, Gran Bretaña, Canadá, Australia y Nueva Zelanda) y capaz de rastrear e interceptar palabras clave utilizadas en los sistemas de comunicación a lo largo del planeta.

La historia de las revelaciones es, por sí sola, digna de la mejor novela de espías. El protagonista, un genio informático residente en la paradisíaca Hawái, con un salario suculento y acompañado de una bella bailarina, decide renunciar a una vida de comodidades para sacar a la luz pública el espionaje masivo de la NSA a empresas y particulares de todo el mundo. Tras pedir la baja laboral, Snowden viaja el 20 de mayo a Hong Kong, desde donde filtra su información a The Washington Post y The Guardian. El 7 de junio los periódicos publican las filtraciones, revelando dos días después –a petición de Snowden– la identidad del filtrador. El 23 de junio, ante el peligro de ser extraditado a Estados Unidos, el ciberespía vuela a Moscú, en cuya terminal de tránsito sigue varado desde entonces. En estos últimos días, a cada solicitud de asilo por parte de Snowden a más de 20 países, se suceden las llamadas de la administración norteamericana, sembrando amenazas contra cualquier estado que lo acoja.

A diferencia del espionaje del siglo XX, opaco a la luz pública, las andanzas de Snowden son seguidas minuto a minuto, como si se tratara de un reality show posmoderno, por todos los medios de comunicación del mundo. Además, la filtración no ha sido llevada a cabo por ningún agente doble, ni su motivación parece ser económica. Como Manning y Assange, Snowden, tachado por algunos de traidor, se ha convertido para muchos otros en un símbolo de la libertad de expresión, los derechos civiles y la democracia. Pues, cabe preguntarse: ¿No será este escándalo una nueva prueba de que Obama está continuando las medidas torticeras que impulsó Bush en su guerra contra el terrorismo? ¿El fin justifica los medios? ¿Es acertado renunciar a la libertad y la intimidad a cambio de mayor seguridad? ¿Hasta qué punto el Estado puede ejercer su control orweliano sobre nuestras vidas?

[Publicado en Acento (05/07/2013)].

Obama: el Nobel de la Paz guerrero

A drone designed and constructed by Concepcion University and the Chilean army is seen during a flight test at Concepcion city

Los atentados del 11 de septiembre de 2011 marcaron el inicio de un nuevo orden mundial. El 22 de septiembre, tras calificar los atentados de “actos de guerra”, George W. Bush declaraba en el Congreso: “Nuestra guerra contra el terror –war on terror– comienza con Al Qaeda, pero no termina allí. No terminará hasta que cada grupo terrorista de alcance mundial haya sido encontrado, detenido y vencido”. La retórica belicista y maniquea de Bush (para quien los naciones “o están con nosotros o están con los terroristas”) sería compartida, a contrario, por Osama Bin Laden, quien afirmaba días después que “estos acontecimientos han dividido el mundo en dos campos, el de los creyentes y el de los infieles”.

El 7 de octubre de 2011 daba comienzo la Operación Libertad Duradera, materializada sobre todo en la guerra de Afganistán, pero que también se desarrollaría en Filipinas, Somalia y el Sahel. El 20 de marzo de 2003, bajo el pretexto de las presuntas armas de destrucción masiva de Saddam Hussein, se iniciaba la guerra de Iraq. Más allá de estos dos frentes bélicos, la administración de Bush retorcería las leyes americanas para, por ejemplo, mantener desde 2002 en Guantánamo a ciudadanos no estadounidenses bajo custodia indefinida sin cargos. En este sentido, el mismo Bush reconoció en 2006 la existencia por todo el mundo de cárceles secretas de la CIA –blacks sites–, en las que se torturaba a los presos al margen de la ley. De hecho, la administración Bush había aprobado las “técnicas de interrogatorio intensificado”: eufemismo para encubrir métodos de tortura como el waterboarding (ahogo simulado), la privación de sueño, la hipotermia o el golpeo y zarandeo del prisionero.

Este panorama tan siniestro (recreado por Kathryn Bigelow en su magistral película Zero Dark Thirty) pareció cambiar con la victoria presidencial de Barack Obama en 2008. De hecho, a los pocos días en el poder, el presidente prohibió cualquier forma de tortura. Sus actos pacificadores eran todavía escasos, pero la Academia Sueca decidió concederle el premio Nobel de la Paz de 2009. El jurado, falto de hechos concretos, alegó las buenas intenciones de Obama, así como la sensación de que este buscaba “fortalecer la diplomacia internacional y la cooperación entre los pueblos”. Sin duda, el tono del demócrata –mucho más inteligente y matizado que el de Bush– invitaba al optimismo. Pero, ¿no se había precipitado la Academia Sueca otorgándole el premio en base sólo a sus promesas?

A día de hoy, tras cinco años de gobierno demócrata, la guerra de Afganistán continúa; y la de Iraq, aunque se dé por concluida, sigue arrojando cadáveres. El centro de detención de Guantánamo, pese a las promesas de Obama, continúa operativo, con más de 100 presos –de un total de 166– en huelga de hambre. Y, lo que es más importante, Estados Unidos ha incrementado el alcance geográfico de sus operaciones bélicas. Obama hace la guerra no con el estruendo de los tanques, sino con la sutilidad devastadora de los “drones”. Así se llama a aviones no tripulados, dirigidos por control remoto desde Estados Unidos y equipados con cámaras y misiles de última tecnología. Son los pájaros americanos de la muerte, operativos en lugares como Pakistán, Afganistán, Yemen y Somalia. Según el New York Times, desde 2009 la CIA ha asesinado con drones a más 2,500 personas, entre las que cabe contar a mujeres y niños. Todas las acciones, además, dependen de Obama, a quien se presenta cada semana una lista de yihadistas ejecutables –kill list–, para que él, como los antiguos césares, conceda o no la vida en la arena del desierto. Son ejecuciones preventivas y sumarias, sin coste de vidas americanas y sin preguntas incómodas de la prensa. Son las ejecuciones furtivas de un Nobel de la Paz que nunca debió recibir tal premio.

[Publicado en Acento (27/06/2013)].

Elogio del trabajo

trabajo

A lo largo de la historia se ha considerado el trabajo como un mal necesario, una labor alienante o un castigo de Dios o del destino. Todavía hoy muchos hombres y mujeres malgastan sus energías en el lamento estéril, en la queja infinita por una labor que realizan con la desilusión de un galeote. Se dirían esclavos amarrados a las galeras de su profesión; encadenados a un horario que les parece inacabable, a un jefe tiránico, a un salario exiguo y una exigencia férrea. Son los mismos que llegan tarde al trabajo, que prolongan sus pausas del almuerzo y persiguen a los médicos para obtener de ellos la ansiada baja laboral. Son los mismos que trabajan desganados, con la mirada ausente y la mente evadida en el próximo fin de semana. Son los mismos que, cuando no tienen más remedio que realizar su labor, perpetran chapuza tras chapuza, exigiendo su trabajo continuas revisiones y reparaciones.

Frente a esta vivencia doliente e indolente del trabajo, se posicionaba Eugenio d’Ors en su conferencia “Aprendizaje y heroísmo”, que impartió en 1915 en la Residencia de Estudiantes de Madrid. El pensador español espoleaba al trabajo realizado con perfección, a la obra bien hecha, a la perfecta adecuación entre la obra producida y su destino: “Hay una manera [de trabajar] que revela que en la actividad se ha puesto amor, cuidado de perfección y armonía, y una pequeña chispa de fuego personal: eso que los artistas llaman estilo propio, y que no hay obra ni obrilla humana en que no pueda florecer”. Y es que cualquier trabajo, sea manual o intelectual, sea mejor o peor remunerado, puede convertirse en una obra de arte. Todo depende de la preparación y el esfuerzo de su hacedor: “Cuando el espíritu en ella reside –apunta d’Ors–, no hay faena que no se vuelva noble y santa. […] Cualquier oficio se vuelve Filosofía, se vuelve Arte, Poesía, Invención, cuando el trabajador da a él su vida, cuando no permite que ésta se parta en dos mitades: la una, para el ideal; la otra, para el menester cotidiano”.

Un taxista, si acierta en el recorrido, frena con suavidad y gira con pericia, está realizando una obra de arte. Un profesor, un médico, un mecánico, un director de empresa o un albañil, podrán estar orgullosos de su trabajo en la medida en que lo realicen con la máxima competencia profesional, con la máxima autoexigencia, con la máxima dedicación de que sean capaces. ¡Y qué gozo embarga a uno cuando se encuentra a un dentista, un fontanero o un ministro competente! Pues, al cabo, no sólo importa la intención, sino también el resultado. ¿Quién felicitaría a un médico que, tratándole de sanar, le infligiera un daño todavía mayor? De ahí que, un buen trabajador, se exija la mejor preparación intelectual y laboral posible, actualizando de continuo su formación inicial.

El trabajo es una vocación: una llamada al ser humano para que, con su labor manual o intelectual, transforme el mundo. Una tarea que tenemos encomendada, un proyecto vital ilusionante, preñado de gozos, obstáculos, expectativas y esperanzas. Una oportunidad de dignificarse, de santificarse, de convertirse en una persona más capaz, más buena, más noble. Y es que el trabajo no sólo transmuta el mundo en derredor, sino que transfigura también –para bien o para mal– al propio agente transformador. Quien trabaja hace, pero también se hace. Y, de los frutos de su labor, se benefician las familias, las instituciones y todos los miembros de la sociedad. Así, el trabajo, mucho más que un medio de subsistencia, es un don: una oportunidad de servir, de amar, de dedicar las mejores energías a la realización personal, a la transformación del mundo y el progreso de la sociedad.

[Publicado en Acento (20/06/2013)].

Retos de la universidad dominicana

PUCMM

El último ranking de universidades latinoamericanas publicado hace unos días por QS situaba a la PUCMM entre las 201-250 mejores universidades de América Latina. En segundo lugar aparecía UNIBE, en la misma horquilla, y en tercera posición la UASD, entre las 250-300 mejores. Los indicadores que se tomaban en cuenta eran los siguientes: Prestigio académico de la institución (30%), prestigio entre los empleadores (20%), trabajos académicos publicados –papers– por facultad (10%), citaciones que reciben esos papers (10%), ratio de alumnos por profesor (10%), proporción de profesores con doctorado (10%) e impacto de su página web (10%). Detallo los criterios no sólo para atestiguar la calidad metodológica del análisis de QS, sino también como compendio de algunos aspectos que deberían tomar en cuenta las universidades dominicanas para crecer.

Entre ellos destaca el de la formación académica del profesorado, que muchas veces se limita a una maestría genérica (no disciplinar), y en muy pocos casos alcanza el nivel de doctorado. Es cierto que en este país escasean los programas de doctorado y, en consecuencia, también los doctores. Pero, siendo así las cosas, ¿por qué no crear programas de doctorado para formar a los docentes universitarios dominicanos de las próximas décadas? Y, entre tanto, ¿por qué no traer profesores extranjeros con doctorado, gente joven con alta formación investigadora pero que, con frecuencia, carece de oportunidades en su universidad de origen? O, ¿por qué no repescar profesores dominicanos formados en Estados Unidos y Europa, que ansían volver a su patria, y que tanto pueden aportar a la investigación y a la docencia en nuestras universidades?

Todos los informes nacionales e internacionales certifican lo que cualquier profesor universitario sabe: en las universidades dominicanas se investiga poco. La investigación, la creación intelectual, la innovación científica o humanística son el corazón de la Academia. Pues, al cabo, ¿cómo un profesor podrá enseñar a escribir si él mismo no escribe?, ¿o cómo enseñará investigación de laboratorio si él no aprovecha ese mismo instrumental para contribuir al desarrollo de la ciencia? Todo profesor universitario debe estar al tanto de los últimos desarrollos intelectuales en su campo; publicar artículos en revistas académicas; participar con ponencias en seminarios y en congresos nacionales e internacionales; investigar en bibliotecas o laboratorios, para poder destilar después ese caudal de sabiduría teórica y práctica en monografías y artículos académicos que sirvan al progreso de su disciplina.

Desde hace algún tiempo se está tratando de implantar en toda América Latina, incluyendo República Dominicana, el modelo europeo de competencias. No habría que educar por objetivos –se arguye–, sino por competencias. A partir de ahí, se están revolviendo todos los planes de estudio y currículos para adaptarlos al modelo foráneo. No niego algunas aportaciones del modelo competencial. Pero su aplicación me produce la impresión de alguien que, teniendo un árbol esmirriado y deshojado, se esmerase en adornarlo con las mejores bolas y estrellas para la Navidad. ¿No estaremos empezando la casa por el tejado? ¿Alguien cree que el prestigio internacional de Oxford, Harvard, Yale o Cambridge viene dado por la aplicación concienzuda de tal o cual modelo o moda pedagógica?

La universidad dominicana posee, además, una burocracia elefantiásica. Los departamentos administrativos son a veces mucho más grandes y mejor dotados que los académicos, con el sobrecoste que implica para la matrícula del alumno. Es preciso acabar con la hipertrofia administrativa y, en cambio, destinar muchos más recursos a la contratación de los mejores profesores: nacionales e internacionales. A la formación de equipos docentes de primer nivel, capaces de desarrollar maestrías y doctorados, de abrir líneas de investigación, revistas académicas, seminarios, congresos… Es preciso actualizar las bibliotecas, crear laboratorios equipados y exigir al máximo a alumnos y profesores. Para que ejerciten su musculatura intelectual; para que multipliquen su competitividad y aporten los frutos de su trabajo a la Academia y a la empresa, al país y al mundo.

[Publicado en Acento (13/06/2013)].

Llanto por Venezuela

venezuela

Mientras Chávez agonizaba en Cuba, un antiguo conductor de guagua, Nicolás Maduro, se aprestaba a tomar el poder en Venezuela. No poseía ninguna formación intelectual ni hablaba idioma extranjero alguno. Pero, por su lealtad al militar golpista, había ejercido ya de Ministro de Exteriores y, por unos meses, de Vicepresidente de la República. A la muerte del Comandante, y en un país donde Chávez había acaparado los focos hasta el sobrecalentamiento, Maduro no era nada más que un corifeo del difunto. Sin el talento de su padre político, sin carisma, sin formación ni habilidad dialéctica, el antiguo conductor de guagua trató de aprovechar la sombra alargada de su predecesor.

Amparado en la mitología martirial del Comandante (al que Maduro citó, durante 16 días de campaña, un total de 3,456 veces), logró hacerse con el poder en Venezuela. Para ello recurrió al uso perverso de todos los medios del Estado. Desde la televisión pública VTV, que dedicaba horas al candidato oficialista, frente a unos pocos minutos concedidos a Capriles, hasta la compra de votos a través de regalos masivos (como los 20,000 autos otorgados a militares). Más importante todavía, por lo que implica de ausencia real de democracia, fue el manejo torticero que se hizo del Tribunal Supremo y del Consejo Nacional Electoral, que negó una auditoría completa de los resultados de las elecciones, pese a la demanda de Capriles (que documentó miles de casos de fraude electoral).

¡Qué turbio aparece el destino de Venezuela! Un país que, pese a contar con las mayores reservas de petróleo del mundo y producir 2,8 millones de barriles por día, contempla como las instituciones, las infraestructuras, la economía y la sociedad civil se deterioran día tras día. Hasta el punto de que, a imitación de la cartilla cubana, comenzará el 10 de junio en Maracaibo un programa oficial de racionamiento. Se dilapida el petróleo (se regalan 100,000 barriles diarios a Cuba, se llena un depósito de 10 galones en Venezuela por menos de un dólar…), mientras escasean los víveres y las medicinas. Los secuestros y los asesinatos se suceden, mientras los asesinos campan a sus anchas con total impunidad. En el primer trimestre del 2013, y según cifras del gobierno, se registraron 3,400 homicidios. Las previsiones económicas son desoladoras: acumulación de vencimientos y problemas de liquidez, empeoramiento de la balanza comercial, inflación real desbocada y carencia de productos básicos…

Como expresaba hace poco la parlamentaria opositora María Corina Machado (agredida en la Asamblea Nacional, junto a otros compañeros de partido), Venezuela vive una neodictadura de fachada democrática y esencia totalitaria. Rige un régimen autoritario cuyo actual presidente se atrevió a afirmar que tenía “identificados”, con “cédula de identidad y todo”, “a los 900,000 chavistas que no fueron a votar”. Con ello ofreció una prueba más, sin pretenderlo, del fraude electoral, pues el voto debe ser secreto. Venezuela es un país donde la pobreza todavía sirve de herramienta para perpetuarse en el poder, a través del populismo, el clientelismo y la dependencia estatal. Es una antigua gran nación en la que, pese a todo, se abren resquicios de esperanza. La oposición está hoy más unida y determinada que nunca. Y sabe, tras catorce años de amargo aprendizaje, que debe trabajar con denuedo para el progreso social de todos los venezolanos: empezando por las clases más bajas. Sólo ese trabajo común por el bien de todas las clases sociales enjuagará las lágrimas de Venezuela y le devolverá el esplendor que merece: su promesa, su norte, su futuro y su esperanza.

[Publicado en Acento (6/06/2013)].

Cuba, país de susurros

cuba

Cuando hace unos días la bloguera cubana Yoani Sánchez definió a Cuba como “un país de susurros” pensé en el libro del historiador británico Orlando Figes, The Whisperers: Private Life in Stalin’s Russia (2007), traducido en castellano como Los que susurran (2009). El investigador del Birkbeck College nos describe la represión psicológica estalinista, que acompañaba, como la invisible radioactividad, el infierno del Gulag y las ejecuciones en masa. Son casi mil páginas hilvanadas a partir del testimonio oral de cientos de supervivientes de aquellos años aciagos de la historia rusa. Años marcados a fuego por la figura del susurrante: tanto el que susurra por temor a ser oído como, en su cara opuesta, el que lo hace para delatar a los demás ante las autoridades.

Es conocido el interminable reguero de cadáveres que sembró el totalitarismo comunista a lo largo y ancho del mundo. La antigua U.R.S.S., China, Corea del Norte, Vietnam, Camboya, Laos, Afganistán, Cuba… El terror comunista no fue patrimonio exclusivo de Stalin, sino que se propagó a todos los países que empuñaron la hoz y el martillo, como si compitiesen entre ellos por los primeros puestos en el ranking mundial del exterminio. Le Livre noir du communisme (1997), coordinado por Stéphane Courtois (director de investigación del prestigioso CNRS), cifra la pesadilla comunista en casi cien millones de asesinados. Podrá discutirse el monto total de cadáveres, pero nadie duda hoy de la apoteosis macabra que significó el Gulag soviético, el Laogai de la China maoísta o las matanzas de los Jemeres Rojos en Camboya.

Menos conocido, sin embargo, es el terror psicológico que impusieron a su población los diversos regímenes comunistas. Una tupida red de espías, micrófonos ocultos y delaciones anónimas con las que amordazar la libertad de expresión de los ciudadanos. En la Alemania del Este se calcula que uno de cada diez habitantes colaboraba con la policía secreta (Stasi). De ello habla la oscarizada película alemana La vida de los otros (2006), que aborda con brillantez la vigilancia comunista que escudriñaba todas las esferas de la vida. Si Paul Ricœur situó a Marx entre los “maestros de la sospecha”, no es extraño que su hijo político se caracterizara por la sospecha indiscriminada hacia todos los ciudadanos. Un recelo que nacía del Estado y se extendía a la Administración pública y la vida social: incluyendo la familia y las relaciones conyugales.

Todavía uno siente el miedo en el rostro de los ancianos, al caminar por las calles de la antigua Unión Soviética. Ese temor callado, que cala hasta la médula del alma. Esa desconfianza insomne, esa constricción al silencio, para evitar represalias. En Cuba, todavía hoy muchos evitan pronunciar el nombre de Fidel, al que se alude con el gesto de palparse la barba. Saben que, entre sus conocidos, puede haber delatores. Que las paredes oyen, los teléfonos están intervenidos e internet sometido a censura estatal (gracias, en parte, a la tecnología facilitada por la China comunista). Hasta hace poco tiempo se impedía viajar a los cubanos al extranjero, ¿pues quién podría controlar entonces las palabras del viajante, acaso poco agradecidas con la dictadura castrista? Y, como afirma Yoani Sánchez en su blog Generación Y (que recibe más de catorce millones de visitas mensuales), todavía se respira el miedo: “La gente calla, simula, asiente, finge”. Un pavor que trata de apresar las conciencias como una telaraña, hasta la inanición y la muerte del espíritu. Un cepo a la libertad que, pese a todo, será al fin quebrado, como fue demolido el muro de Berlín.

[Publicado en Acento (30/05/2013)].

Elogio de la rosa

rosa

Como la flor de loto en Asia, la rosa ha sido en Occidente la flor con mayor poder simbólico. Ya Homero canta la perfección de su figura, comparándola a la Alba de la Mañana. Otro poeta griego, Teócrito, cuenta que los enamorados se pasaban sobre los dedos hojas de rosa como señal de fidelidad. También aparece la rosa en la Biblia, donde la Sabiduría se refiere a sí misma con las siguientes palabras: “Crecí como jardín de rosas en Jericó” (Ecl 24:14). La patrística cristiana ha interpretado el pasaje como imagen de María, a la que se elogia por su pureza como “Rosa Mística”. De ahí el motivo iconográfico de la Madonna con rosas en la mano, paganizado por Botticelli en la figura central de su “Primavera”, que está rodeada de rosas.

La rosa se consideró también como símbolo de las cinco llagas de Cristo (las rosas antiguas, antes de su cruce con las variedades chinas, tenían cinco pétalos). Y, por su forma de receptáculo, se equiparó la rosa al cáliz que habría recogido la sangre de Cristo. Igualmente, el rojo sangrante de la rosa y sus punzantes espinas la han convertido en símbolo del tormento de los mártires. Y, en sus variedades blancas, la rosa ha servido como atributo iconográfico de las vírgenes y santas cristianas. Para San Buenaventura la rosa, por ser la reina de las flores, es figura de la caridad: la reina de las virtudes. De ahí que Dante represente en su Commedia el último círculo del Paraíso como una inmensa y “cándida rosa” donde gozan amorosamente los bienaventurados.

Más allá de la tradición cristiana, la rosa ha sido considerada, por las hojas intrincadas de su flor, símbolo del sigilo y del secreto. Nada hay más elocuente que una rosa y, al mismo tiempo, nada más callado que ella. Por eso, en la Sala de Sesiones de las alcaldías alemanas medievales, encontramos una rosa dibujada tras los asientos. Ese carácter recóndito de la rosa es patente en la Rosacruz, sociedad secreta del Renacimiento de la que se reclaman herederas muchas sociedades esotéricas modernas. Podemos observar su pervivencia como motivo gnóstico y teosófico en un fragmento de La lámpara mágica: Ejercicios espirituales (1916), de Ramón del Valle-Inclán: “Amar es comprender, y el éxtasis es la rosa mística del conocimiento; por sus caminos tornamos a ver el mundo bajo el rocío sagrado de la primera aurora, y aun cuando sea gracia concedida a pocos, no por ello habrán de negarse sus dones”.

Mi única rosa, la amada rosa en flor de mi jardín, es muy blanca: casta, brillante, mañanera, lunar. Es espiritual, renacida, aureolada, bautismal. Pero, junto al fulgor de su blancura, participa también del color rojo: toda llamarada, deseo y calor. El color rubí y grana del amor, del cariño, de la caridad insomne y bella. El vitalismo que desafía los retos y se arrima a la forja para trabajar el enjoyado de sus virtudes. Por su color rosado, pues, por su mezcolanza de alba y carmesí, mi Rosita aúna en su personalidad espíritu y vida, pureza y pasión. ¡Hay tantas rosas, tantos símbolos, tantas metáforas! Pero ella es la de fino talle, la grácil, la bellísima, la única, la ardiente y dulce amada.

[Publicado en Acento (24/05/2013)].

Las raíces éticas de la crisis financiera

crash1929

“Hay un problema moral en la inversión del dinero. No es indiferente que se gaste de un modo o de otro. […] Ahora se ha visto, por ejemplo, que los banqueros más ricos del mundo eran hombres sensuales, sin espíritu, sin visión, que lo prestaban al que inmediatamente les ofrecía mayores intereses, aunque careciese de verdaderas garantías”. Así escribía Ramiro de Maeztu en 1933, comentando la especulación bursátil desenfrenada y el abuso del crédito que habían provocado el crack de 1929. Una fallida que, como es sabido, sumió al mundo en la mayor depresión económica del siglo XX y, en algunos países, propició la emergencia de regímenes totalitarios como el nazismo.

Las palabras de Maeztu podrían explicar también la crisis financiera que aqueja al mundo desde 2007 hasta hoy. Durante los primeros compases del siglo XXI, y puesto que los tipos de interés eran bajos en Estados Unidos, los bancos buscaron ganancias a través de préstamos más arriesgados y el aumento del número de operaciones. Eso llevó a la concesión en masa de créditos hipotecarios a personas insolventes. Al tiempo que se firmaban millones de de hipotecas defectuosas, los bancos recurrieron a la ingeniería o “magia” financiera para obtener dinero con el que costear nuevas hipotecas. Nacieron así productos como las Mortgage Backed Securities (MBS), esto es, paquetes que incluían hipotecas buenas (prime) y malas (subprime) mezcladas, y que eran vendidos después a entidades de todo el mundo. También las Agencias de Rating alimentaron la confusión, recalificando al alza entidades o productos financieros precarios.

Toda esta carrera alocada hacia el lucro rápido se basaba en el incremento ilimitado del mercado inmobiliario. Cuando la burbuja estalló en 2007 muchos deudores, al ver que estaban pagando mucho por una casa que valía mucho menos que su precio inicial, dejaron de pagar la hipoteca. Muchas cajas y bancos, cuyo capital real era muy pequeño en relación con sus activos –ahora ruinosos–, quebraron o tuvieron que ser rescatados por los gobiernos. Algo que, como se vio en el 2003 con el rescate del Baninter –trágico para la economía del país–, acarrea la injusticia de privatizar las ganancias y socializar las pérdidas. Los bancos, maltrechos o quebrados, dejaron de conceder créditos a los empresarios, conduciendo a muchas empresas a la desaparición. En países antes prósperos, como España, se desbarató el tejido productivo, se redujo el consumo y se alcanzaron cotas de desempleo del 27%.

Las raíces de la crisis financiera mundial son éticas. Es la falta de moral la que llevó a la especulación descomedida, a la apuesta por una riqueza financiera virtual –hoy evaporada–, en lugar de utilizar el dinero para financiar proyectos empresariales creadores de riqueza. Los bancos deben emplear el ahorro de la comunidad en una función social. Lo cual no significa tanto realizar obras solidarias –aunque también– sino, sobre todo, conceder créditos a los empresarios para que puedan crear proyectos exitosos, generadores de empleo y de productividad. El crédito no debe dilapidarse en hipotecas arriesgadas e ingenios financieros, sino que debe proveer de circulante a las empresas, para que estas puedan crecer, innovar, generar riqueza y empleo. Pues, al cabo, son los empresarios honestos los que, si retribuyen de modo justo a sus trabajadores, posibilitan con su trabajo el bienestar y el crecimiento social de República Dominicana.

[Publicado en Acento (16/05/2013)].